Años 90:
Pantalón. Camiseta. Zapatillas.
Hoy, además de lo de arriba:
Gafas. Riñonera. Podcast. Reloj de 300 euros. Plan de entrenamiento comprado a un experto o hecho por la IA.
Nos volvemos gilipollas por no pensar, por pensar demasiado y por comprar cosas que no necesitamos.
Y esto nos lleva a perder habilidades esenciales:
La intuición.
Las sensaciones.
La conexión con nuestro cuerpo y el entorno.
Hoy, si un león del Serengueti te acecha por la banda izquierda no lo verás hasta que sus fauces percutan tu yugular.
Te pasaría a ti y a mí.
Mi sobrino, que tiene 15 años, le daría una bolita de pan para acariciarlo como si fuera un lindo gatito.
Y dirás… ¡exageras!
Algo, pero sólo algo.
Que hoy no necesitemos protegernos de leones no significa que debamos perder habilidades innatas. Es como si encierras a un jilguero en una jaula.
¿Va a morir? No.
¿Va a dejar de cantar? Tampoco.
¿Va a ser menos jilguero que estando en libertad? Sin duda.
La diferencia es que el jilguero no tiene elección. Si lo encierras, se acabó. Tú y yo podemos elegir ser más humanos.
Pasa igual que con los 10.000 pasos diarios. No es que esté en contra de que la gente tenga una motivación para moverse más. Es que estoy a favor de que la gente recupere el placer de caminar por caminar.
Corriendo pasa lo mismo.
Imagina que te han echado del trabajo.
Si te gusta el deporte, es posible que salgas a correr para liberar tensiones. Te pondrás el reloj. Mirarás el entrenamiento y el ritmo que toca. Clavarás tu atención en un podcast.
O más simple: saldrás a correr con música.
¿Qué pasará cuando llegues a casa?
Nada.
¿Qué pasaría si hicieras lo mismo sin equipaje?
Esto seguramente lo hayas vivido alguna vez caminando, corriendo o entrenando tú solo. Sin nada. Sin nadie.
Ahí sí, pasan cosas.
El cerebro se pone en modo “ideas y soluciones”.
No tienes que pensar en ello.
Llegas a casa y el problema del trabajo sigue. Pero puede que ahora veas una posible solución. O tengas una idea.
Así es como yo escribo libros y como tú puedes encontrar soluciones a problemas.
Todo eso desaparece cuando estás pendiente de las pulsaciones, del ritmo o de lo que dice Manolito en un podcast.
Pero es que hay más.
Entrenar por sensaciones, sin pijadas ni artificios, puede reducir lesiones y aumentar tu rendimiento.
Ningún reloj. Ninguna IA. Ninguna herramienta tiene el poder de conocer tu cuerpo como podrías conocerlo tú.
Esta habilidad es clave.
Un día puede que tu plan diga “correr 50 minutos” y tu cuerpo “hoy no”.
¿A quién haces caso?
Si haces caso al plan, pondrás la primera piedra para una sobrecarga. Para una dolor en el tendón de Aquiles. O para algo peor.
Otro día puede que el plan diga “trote suave de recuperación” y tu cuerpo “estás a tope, puedes correr rápido”.
Haciendo caso al plan, perderás la oportunidad de mejorar sin riesgo.
Esa conexión con tu cuerpo no se crea con herramientas, sino prescindiendo de ellas. Aunque no es inmediato ni rápido. Como cualquier otra habilidad perdida, necesitas tiempo para recuperarla.
La idea es simple y gratis:
Si corres, corre.
Si caminas, camina.
Si escuchas, escucha.
Y mantente alejado del ruido. Porque te van a vender lo contrario.
No es odio a las herramientas, es recuperar habilidades perdidas. Eso vale más que cualquier suscripción o herramienta tecnológica que puedas comprar.
Aquí una que siempre ha pensado que el saber/controlar le aporta tranquilidad en la vida, pero que últimamente se está dando cuenta que a veces desentenderse funciona mejor.
Me tienta eso de correr por correr, pero también me genera mucha ansiedad el hecho de «perder» esa satisfacción de cumplir objetivos, de ver resultados, de avanzar.
Una de las principales razones por las que corro es precisamente porque es algo que puedo empezar y acabar, que planifico y cumplo, que trabajo y mejoro, que creo que puedo, y lo hago. Mientras que muchas otras facetas de mi vida están estancadas en un estatismo desesperante (proyectos infinitos, deadlines detrás de más deadlines, procesos médicos que no acaban, blucles, ramificaciones, etcétera etcétera…) el correr me aporta un sentimiento de compleción que me motiva a seguir adelante. Pero claro, lleva de la mano toda la presión de controlar todo eso.
Así que la idea de dejarme el reloj en casa me ha parecido de repente algo maravilloso y aterrador al mismo tiempo.
Tentador, sin duda.
Tal vez podría ser un entrenamiento más. Igual que hacemos series, tirada larga y tal, se podría meter también un día de correr libre, y ver qué tal va, pero sin verlo.
Le voy a dar un par de vueltas a esto, gracias como siempre por tus reflexiones.
Creo que en ese barco de tener todo planificado vamos muchos, me incluyo. Y tú misma has dado la solución, porque no es «voy a cambiar esto por aquello», sino «voy a probar esto de vez en cuando». Como no tienes que comprar nada tampoco tienes nada que perder. Ya me contarás si te funciona. Pienso que como mínimo te dará paz e ideas. Gracias por a ti por compartir tu experiencia.
Hola Alvaro! Muy de acuerdo en eso de entrenar con uno mismo sin distracciones de música o podcast. Considero que hay tiempo para eso, pero fuera de mi momento de deporte. Ahí estoy yo conmigo mismo, mis problemas del dia a dia y mis sensaciones. Y muchas veces resuelvo cosas durante el entreno.
Pero gracias a un entrenamiento más estructurado por alguien que sabe de ello, he logrado mejorar mi rendimiento y conseguir algunos objetivos deportivos que me han hecho muy feliz. Y mi reloj deportivo con mapas, me aporta la libertad y seguridad para hacer rutas nuevas y muchas veces en solitario, disfrutando de mi momento y de la conexión con la naturaleza-deporte. Solo lo uso para hacer ejercicio, pero me ha dado algo muy preciado.
En el efímero equilibrio está lo idóneo. Problema: tendemos a los extremos
Así es, Isma. La historia no es renunciar a herramientas, sino usarlas para lo que son manteniendo lo importante.
Muy de acuerdo. Me cruzo corriendo con gente que parecen robocops (con todo respeto) y yo mismo, he tenido etapas de estar más pendiente del Excel (todavía recuerdo la plantilla de Pirracas, por si hay algún viejuno por aquí que me entienda) y de los cálculos y las medias, que del placer de salir sin más.
Gracias por tus emails, son un agradable recordatorio de lo importante.
Gracias, Juan. Todos hemos pasado por esa época de medirlo todo y olvidarnos de lo importante.
“LO PRIMERO, PRIMERO “
Para los sufís, quizá lo más absurdo en la vida sea el modo en que la gente se afana en pos de cosas tales como el conocimiento, sin estar preparada para adquirirlas.
Han supuesto que todo lo que necesitan son dos ojos, una nariz y una boca, como dice Nasrudín.
Según el sufismo, una persona no puede aprender hasta que se encuentre en un estado en el que pueda percibir lo que está aprendiendo y su significado.
Para enseñar este punto a un discípulo que quería conocer «la verdad», Nasrudín fue un día con él hasta un pozo, llevando consigo una tinaja.
El Mulá extrajo un balde con agua que luego vertió en la tinaja.
Después repitió la operación.
Cuando estaba vertiendo el agua del tercero, el discípulo ya no pudo contenerse:
—Mulá, el agua se está derramando.
Esa tinaja no tiene fondo.
Nasrudín lo miró indignado:
—Estoy tratando de llenar la tinaja.
Para ver si se ha llenado, mis ojos están fijos en el cuello y no en el fondo; cuando vea que el agua llega al cuello, la tinaja estará llena.
¿Qué tiene que ver el fondo con ello? Sólo cuando esté interesado en el fondo del jarro lo miraré.
Ésta es la razón por la cual los sufís no hablan sobre cosas profundas a las personas que no están preparadas para cultivar la facultad de aprender, algo que un maestro sólo puede enseñar a quien esté lo suficientemente esclarecido como para decir:
«Enséñame cómo aprender».
Un dicho sufí reza de este modo:
«La ignorancia es orgullo y el orgullo es ignorancia».
El hombre que dice:
«No necesito que me enseñen cómo aprender», es orgulloso e ignorante.
En esta historia, Nasrudín ilustraba la identidad de estos dos estados, que el común de la gente considera cosas diferentes.
De acuerdo con la técnica conocida como «oprobio», Nasrudín, en esta charada de la tinaja, estaba desempeñando el papel del hombre ignorante.
Éste es un conocido aspecto de la técnica sufí.
Su discípulo meditó la lección, relacionándola con otras absurdas acciones del Mulá.
Una semana después, fue a verle y le dijo:
—Enséñame lo de la tinaja. Ahora estoy preparado para aprender.
Totalmente de acuerdo Álvaro, el instinto se ha ido al pedo con tantas cositas, ay omá!
La parte buena es que lo podemos recuperar 😉