Nadie compra una báscula para saber lo que pesa

Trozo de tarta roto

La mía funcionaba sin pilas.

Tenía una superficie de terciopelo.

¿Cálida? Sí.

¿Sucia? También.

Pero cuando ponías los pies descalzos sobre ella te daba gustito.

En el centro estaba su cerebro. Una ventana con una aguja y un cero muy grande.

Por las mañanas, aún con los ojos pegados, ponía un pie encima. Despacio. Y luego el otro. Más despacio, para que los números no avanzaran.

Así, cuando los primeros granos asomaban por mi frente, empecé a medir mi peso y a anotarlo en un Excel hecho con lápiz y papel.

Eso pasó en los años 90, época en la que los médicos te recomendaban comer sin sal y cambiar las magdalenas por almendras crudas mientras apuraban un cigarrillo de Ducados.

Ahora es diferente.

Con las básculas:

  • Te subes.
  • Te bajas.
  • Miras.

Igual que cuando éramos jóvenes. La diferencia es que han cambiado la aguja por 28 parámetros, incluyendo la cantidad de músculo que tienes en el brazo derecho. Y en el izquierdo.

Mi duda es cómo sabe la maquinita el tipo de brazo que gastas poniendo tus pies sobre ella.

Y otra duda:

¿Para qué quieres saber cuánto músculo tienes en el brazo derecho?

Aunque la clave está en el acto.

¿Sabes cuántas veces al día me subía en la maldita báscula?

Tres. Quizá cuatro. Puede que cinco.

Lo hacía a primera hora, porque todo el mundo sabe que ahí pesas menos. A veces, repetía tras el apretón que sentía al mojar la última galleta. Y volvía a pesarme a última hora, para intuir cómo amanecería al día siguiente.

Puedes llamarme loco. Pero eso me daba una cierta sensación de placer. Un «lo que hago merece la pena».

«Lo que hago» era merendar alimentos nutritivos en vez de Phoskitos (aunque alguno caía) y salir a correr en vez de dejarme abrazar por la manta y el sofá.

Si lo piensas, tiene sentido.

Mi madre, cuando nos juntamos los domingos, suele hacer un guiso en olla de barro. De esos que metes la nariz y dan ganas de bucear dentro.

Siempre le queda bien. Ella lo sabe. Porque lo sabe. Porque se lo hemos dicho. Pero en cada comida repite lo mismo:

—¿Os gusta?

—Sí, mamá, está muy bueno.

—¿De verdad os gusta? Creo que esta vez me quedó algo soso…

—No mamá, está buenísimo, como siempre.

Por eso mismo se venden millones de básculas cada año.

No es para ver en una pantalla cuánto músculo tienes en el brazo derecho.

Es para que te diga cada mañana que vas bien.

Necesitamos que alguien o algo nos lo diga.

Una madre. Una pantalla. Lo que sea.

Lo que aún no tengo claro es por qué no nos basta con oírlo una vez.

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