¿Cuántas veces fallas?
Piénsalo.
Hay una respuesta que me preocupa (la cuento al final).
Ahora pienso en ese monje budista de pelo rapado. En posición de loto, con las piernas cruzadas y las palmas de la mano mirando al cielo. Una pose tan uniforme como su vida.
Naturaleza. Silencio. Iluminación.
Me parece tan imposible de ejecutar que casi no me lo creo.
Pero dudo.
Porque es muy fácil destapar al postureta de Instagram que imita a los monjes, que viaja a Bután para iluminarse y que empaqueta su iluminación en un producto de 350 euros por tiempo limitado.
Con el monje cuesta más.
Él también tiene sus grietas. Igual se pregunta qué hace vestido con una túnica naranja butano. Por qué cada día es exactamente igual que el anterior. O si la verdad no está en las montañas del Tíbet, sino en las ardientes calles de Madrid.
Dudar y fallar.
No hay nada más humano que eso.
Y ya no te hablo de monjes, sino de mi propia experiencia de simplificar calzado, cuerpo y mente. Con el calzado minimalista cumplo por una razón: mis pies se han hecho tan grandes que ya no entran en el afilado calzado moderno. No hay vuelta atrás. Y tampoco quiero que la haya.
En la vida sigo cayendo.
Me produce tanta alergia el polen como las redes sociales. Sin embargo, me suelo dejar caer por las tinieblas de Twitter. A veces, leyendo contenido superficial, artificial y diseñado únicamente para atrapar mi atención.
Necesito la lechuga, el brócoli y la comida real, pero cuando la gula aprieta sucumbo al tocinillo de cielo que prepara mi madre o al heladito de rigor.
La pereza también suele llamar a mi puerta. Con siestas que van mucho más allá de los 15 minutos. Y con sesiones de sofá más largas de lo que mi cuerpo soporta.
Fallo unas 157 veces al día.
No soy como los americanos que buscan fallar mucho a propósito. No, no soy tan gilipollas. Yo fallo sin querer.
¿Sabes lo único que me preocupa ahora mismo?
Fallar 0 veces.
Porque eso significaría que me ha nublado el ego o que estoy tan dormido que no me doy cuenta de casi nada.
El primer paso es darse cuenta del fallo.
El segundo hacer algo para solucionarlo.
El tercero no azotarse si el plan anterior no funciona.
Porque probablemente no funcionará.
«Necesito la lechuga, el brócoli y la comida real, pero cuando la gula aprieta sucumbo al tocinillo de cielo que prepara mi madre o al heladito de rigor.
La pereza también suele llamar a mi puerta. Con siestas que van mucho más allá de los 15 minutos. Y con sesiones de sofá más largas de lo que mi cuerpo soporta.
Fallo unas 157 veces al día.»
No sé, chico. Lo que llamas fallar, tal vez sea simplemente vivir. 😉
A lo mejor esos ejemplos también fueron un fallo. 😉
Buena reflexión.Y si se me permite:
Vivimos inmersos en la sociedad de la productividad, de la imagen del «happy-flower» a todas horas, siendo los más eficientes con el tiempo, porque eso significa para los opinadores que nos rodean, que somos «chiripitifláuticos». Esos mismos que dicen que si fallas, debe ser buscando el máximo rendimiento, como si fuéramos robots……….pero la realidad es que estamos más solos que nunca, aunque nos comuniquemos más que siempre, que la reina del error, no es el aprendizaje, sino la frustración. Esta es solo mi verdad, tal vez subjetiva, tal vez pesimista… pero lo que tengo claro es que hemos avanzado tecnológicamente, pero sin embargo, hemos retrocedido como sociedad, perdiendo la sensibilidad, la empatia, con un patrón social que marca la moda….en resumen,somos menos auténticos, mas moldeables al patrón único y sin ánimo de ofender ,más gilipollas que en toda la historia de la humanidad. Pero como ya he dicho, esta es solo mi verdad.
Buen finde a todos
Y sospecho que iremos a peor. Pero en algún momento tocaremos fondo. Y ahí, quizá, veamos un poco la luz.
Un gusto leerte Álvaro, gracias por compartir tus ideas
Gracias a ti.
Fallo mas que una escopeta feria, pero benditos fallos. Aunque me cansa fallar en los mismo, pero ya es defecto de fábrica. Saludos
A lo mejor el truco es tirar a fallar, así acertaremos más 😉